2026/10/23

NAZA y la deshumanización que posibilita el genocidio

Fuente:   Cristianisme i Justicia

Por   Manuel Sánchez-Moreno

22/10/2026

Naza

Documenta la matanza masiva y sistemática de civiles palestinos perpetrada por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) durante la guerra de Gaza. NAZA es un acrónimo militar derivado del término hebreo utilizado por las fuerzas israelíes para indicar el número de civiles que se espera que mueran en un ataque aéreo como daño colateral. La producción se rodó en Tel Aviv durante la guerra de Gaza y revela el papel de los funcionarios del gobierno israelí en la muerte de miles de civiles palestinos a través de veinticuatro entrevistas con agentes de inteligencia y soldados israelíes.

Autor: Yuval Abraham y Rachel Szor
Fecha: 2026

Más información

Antes de morir, las personas pueden desaparecer del lenguaje. Sus nombres, sus vínculos y cuanto esperan de la vida se borran bajo una denominación que permite calcular su muerte sin tener que pronunciarla. NAZA es el término empleado por los servicios de inteligencia israelíes para expresar el número de civiles que se prevé matar en un ataque contra Palestina. También es el título del multipremiado y recién estrenado documental de Yuval Abraham y Rachel Szor, construido con testimonios de militares y miembros de inteligencia israelíes. Esa palabra contiene una de las preguntas más perturbadoras de nuestro tiempo: ¿cómo se prepara una sociedad para destruir a otra?, ¿qué mecanismos habilitan que esa destrucción se convierta en una tarea ordinaria?

La deshumanización precede al asesinato y lo acompaña. Facilita que una familia deje de ser una familia para convertirse en una cantidad admisiblemente prescindible dentro de una operación. La infancia, las mujeres y los hombres cuya muerte se anticipa entran en el cálculo como una variable, mientras la identidad de quienes van a morir queda fuera de la decisión. Son, como diría Judith Butler, cuerpos y vidas que no importan, reducidas a la expresión «daño colateral» o a un acrónimo (como ocurre tantas veces, cambiando de contexto, con MENA, por ejemplo). NAZA nos enfrenta con su administración concreta: la muerte de población civil prevista, contabilizada e incorporada al ataque.

Mientras veía el documental no podía dejar de recordar al papa Francisco. Bergoglio denunció la cultura del descarte en Evangelii Gaudium, que convierte a los seres humanos en sobrantes. Y justamente el genocidio lleva esa lógica a su expresión extrema: una población es tratada como un obstáculo cuya eliminación puede presentarse no solo como necesaria, sino deseable. No es ni siquiera un sacrificio; es disfrutable, en la lógica del gobierno de Netanyahu. En Gaza, la destrucción de viviendas, hospitales y medios de subsistencia alcanza unas condiciones que no permiten seguir viviendo; así, los cuerpos son directamente destruidos o acorralados en un callejón sin salida donde desaparecer lentamente. La población descartada pierde también el espacio donde podría reconstruir su existencia. El hambre y el desplazamiento prolongan la violencia de las bombas y comprometen el futuro de quienes sobreviven. Son formas de genocidio ya conocidas que no requieren una industria de destrucción evidente. 

La novedad ahora es la inteligencia artificial, que forma parte de esta maquinaria. Las investigaciones de Abraham y los testimonios recogidos en el documental describen sistemas utilizados para identificar personas y generar objetivos militares. Esa clasificación automatizada se combina con decisiones de atacar viviendas donde se encuentran familias enteras. La sospecha de terrorismo o pertenencia a Hamás sobre una persona puede extender sus consecuencias letales a quienes comparten su casa, bloque o vecindario. Los errores de identificación y la aceptación de muertes civiles previstas son mecanismos distintos, pero confluyen en una práctica que permite destruir vidas con una rapidez difícilmente compatible con el juicio que semejante decisión exige. Es más, ¿son «errores»? Cuando hay un elevado porcentaje de «daño colateral», cuando se sabe y se reitera, no es un error. Hay un discurso público para promover seguridad y aniquilar al terrorista, pero la realidad es exterminar a una población entera. ¿No es así como han funcionado los genocidios en la historia? ¿Acaso no es la parte más larga de un genocidio el encubrimiento y la negación del mismo?

León XIV ha advertido sobre el peligro de la inteligencia artificial en Magnifica humanitas: «No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable». Su reflexión exige preservar la responsabilidad de quienes diseñan y emplean estos sistemas, así como la distinción entre combatientes y población civil, algo cada vez más ignorado a pesar de las leyes humanitarias. Los datos pueden ofrecer una apariencia de precisión que encubra la violencia de la decisión. Alguien establece los criterios, acepta sus «errores» y autoriza el ataque. La mediación tecnológica facilita, sin embargo, que esa persona no tenga que encontrarse con el rostro de quienes van a morir. La deshumanización adquiere así una infraestructura capaz de procesar vidas como objetivos y de presentar su destrucción como eficiencia. Ahí reside la clave. Si antes se necesitaban años para generar un discurso de odio contra determinadas poblaciones para deshumanizarlas y propiciar su destrucción, ahora basta con encargarlo a este algoritmo. 

La «banalidad del mal» de Hannah Arendt nos sigue ayudando, años después, a pensar esta normalización. Como se ve en los testimonios, el crimen puede instalarse en una jornada de trabajo, en una orden transmitida o en un procedimiento que cada cual cumple sin interrogar su sentido. La división de funciones dispersa la responsabilidad y permite que quienes participan sigan reconociéndose como personas decentes. Es más, son premiados con reconocimientos y ascensos. Los testimonios de NAZA, en los que la conciencia humana ha resquebrajado la inteligencia artificial, abren una fisura a esa tranquilidad. Escuchar desde una conciencia crítica cómo se toman las decisiones obliga a devolver su contenido moral a palabras que parecían meramente técnicas. 

Este documental es un ejercicio crítico en sí, además de una poderosa herramienta jurídica. Por eso, el gobierno israelí ha respondido señalando a los realizadores. El ministro de Cultura pidió retirarles la ciudadanía y Netanyahu ha reclamado investigar y procesar a los participantes del documental. La denuncia se convierte en una amenaza contra la seguridad del Estado. Esa reacción revela un mecanismo de protección del poder: desplazar el escrutinio desde los actos narrados hacia quienes se atreven a contarlos. La pertenencia nacional se utiliza como exigencia de silencio, como si escuchar a quienes describen la matanza constituyera una deslealtad mayor que permitirla.

Y en todo esto hay una palabra que no desaparece de mi cabeza: postfascismo. Sí, en el gobierno de Netanyahu y sus aliados de ultraderecha pueden reconocerse rasgos postfascistas: nacionalismo excluyente, supremacismo, construcción de un enemigo colectivo y deslegitimación de quienes cuestionan la violencia estatal, por señalar algunos. Las instituciones contemporáneas y las nuevas tecnologías permiten renovar y ampliar esos mecanismos. Su articulación con la ocupación y la desposesión colonial palestina da a esta violencia una historia y un propósito territorial concretos. La invocación de la seguridad acaba convirtiéndose en una autorización para destruir una población cuya presencia se presenta como una amenaza permanente. Pero el ataque de Hamás del 7 de octubre y el sufrimiento de sus víctimas no conceden semejante autorización. Es más, sabemos que fue propiciado por el propio gobierno israelí, sacrificando a su propio pueblo, y encontrando la excusa perfecta para atacar Gaza. 

Todo esto, a pesar del negacionismo, está bien documentado. Podríamos enumerar informes de grandes organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch. Podríamos ver como la Corte Penal Internacional emitió órdenes de detención contra Netanyahu y el exministro de Defensa Yoav Gallant, por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad. Son actuaciones diferentes que convergen en una exigencia de responsabilidad. Su existencia hace todavía más grave la persistencia de apoyos que permiten eludirla.

¿Y si nos centramos en la ONU, principal organización multilateral surgida del trauma y la necesidad de memoria para no repetir la guerra y el genocidio de la II Guerra Mundial? La comisión independiente de investigación de la ONU presidida por Navi Pillay, Nobel de la Paz de 2026, concluyó en septiembre de 2025 que Israel había cometido genocidio en Gaza. Su análisis identificó cuatro de los cinco actos previstos en la Convención contra el Genocidio y la intención de destruir al grupo palestino en Gaza. En una actualización posterior de 2026 se señalaba el agravamiento de la situación.

Por su lado, Francesca Albanese, relatora especial de las Naciones Unidas sobre los territorios palestinos, ha mostrado cómo la destrucción se sostiene también mediante una economía internacional de armas, tecnología e inversiones. La responsabilidad desborda a quienes ordenan los ataques. Alcanza a quienes suministran los medios, protegen diplomáticamente a sus responsables o mantienen relaciones que contribuyen a perpetuar la violencia. La acción y la omisión tienen efectos materiales. Una ONU puesta en brete entre la labor de sus organismos y el bloqueo de algunos miembros, como Estados Unidos, documenta un horror que no logra detener. Esa distancia entre conocer y actuar erosiona el orden internacional que debía impedir la repetición de otro genocidio. Concretamente el genocidio del siglo XXI.

También el que escribe y las personas lectoras habitamos esa distancia. Las imágenes llegan a nuestros teléfonos y conviven con publicidad, entretenimiento y otras noticias. Podemos sentir dolor, indignarnos, compartirlas y continuar. La impotencia se mezcla con la ignorancia y con ese deleite fantasmagórico de lo mediático, que vuelve cualquier acontecimiento consumible, masticable, digerible. No todos experimentamos lo mismo, pero la circulación del horror puede absorber incluso el rechazo que provoca, su banalización. La repetición termina por familiarizarnos con aquello que debería resultar intolerable, mientras las vidas palestinas quedan atrapadas en una sucesión de imágenes que apenas nos exige detenernos.

NAZA intenta interrumpir ese flujo al hacer audibles los procedimientos y las decisiones que producen la muerte. Sus testimonios nos obligan a escuchar desde el interior de la maquinaria. Esa escucha que nos hace sangrar los ojos debe conducirnos hacia las personas palestinas cuya existencia el cálculo borra. El valor de sus vidas no depende de que un militar israelí reconozca lo ocurrido. Como el valor de las vidas judías no dependía del testimonio en sede jurídica del militar nazi Eichmann, sobre el que Arendt articuló su «banalidad del mal». El documental, que se podrá ver gratis en breve, importa porque permite comprender cómo se construye la distancia necesaria para matar y cómo el silencio ayuda a conservarla.

La humanidad se avergonzará de todo esto. Yo lo haré y tú también. De hecho, ya lo hacemos. Pero esa vergüenza presente y futura puede servirnos hoy como una cómoda promesa de inocencia. Nos enfrentamos a nuestra propia destrucción cuando aceptamos que la dignidad dependa de la nacionalidad, la religión o la economía, y que ciertas vidas puedan sacrificarse sin límite. Destruimos las obligaciones que podrían proteger a cualquiera y la capacidad de reconocernos en el dolor ajeno. Hay algo profundamente inquietante en contemplar ese derrumbe con la fascinación que reservamos a un espectáculo. Las personas reducidas a NAZA tenían una vida antes de entrar en el cálculo. Nuestra responsabilidad comienza por devolverlas al centro de lo que vemos y continúa en lo que hacemos para que su destrucción deje de ser posible.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Se ruega identificarse con la cuenta de correo electrónico