2026/07/22

Diario de misión M’baïki (IV)

Me duelen las heridas de esta Iglesia

Por   JESÚS RUIZ

Lunes 8 de junio de 2026

 

Parecería que se han juntado todas las adversidades estos últimos meses. Comboni decía que el “misionero que no tiene los ojos fijos en Jesús, amándolo tiernamente y preguntándose que quiere decir un Dios muerto en cruz para salvarnos”, no podrá avanzar en esta ardua tarea misionera llena de dificultades y desafíos vitales.

Escribo eso después de abordar los últimos problemas con algunos de mis seminaristas y clérigos de la diócesis. No hace seis meses que ordené a tres nuevos sacerdotes y a un diácono; y ya me veo intentando aclarar graves acusaciones que me han llegado concernientes a estos jóvenes clérigos: pedofilia, adulterio y homosexualidad..., entre otras cosas. Siempre con el sexto a cuestas. Antes les decía a los jóvenes abbés que en los primeros cinco años de sacerdocio el clérigo, generalmente, tiene temor de Dios...; pasados estos años, es Dios quien teme al clérigo. Es verdad que nuestra sociedad está perdiendo todos los valores tradicionales, pero aún no han pasado seis meses de ordenación y ya estoy organizando encuestas canónicas, ante denuncias anónimas que todo el mundo, menos yo, conoce.

Uno de los seminaristas me decía estos días que está discerniendo si abandonar el seminario; no quiere vivir una vida doble..., “y muchos de mis colegas y de los sacerdotes llevan una vida doble, con una agenda secreta. No merece la pena ser sacerdote para esto”, me decía. Rara avis. Estoy totalmente de acuerdo con él, y le invitaba a ser auténtico en su vida; no dejarse llevar por el sentir común del pueblo, las presiones familiares, ni por las apariencias, ni la duplicidad de vida... Muchas veces aquí funciona eso de “mientras no te descubran puedes hacer lo que quieras...”; luego cuando te descubran lo negarás todo, aunque las evidencias salten a los ojos... Negar lo innegable y que todo el mundo conoce. En nuestra iglesia tenemos una asignatura pendiente de autenticidad de vida, de transparencia y de pureza de corazón...

Ser infiel a su vocación -sea en el matrimonio, en la vida consagrada o de sacerdote-, mentir, robar, tener una agenda secreta o doble vida, aparentar una cosa de día y actuar de otra manera en la noche, exhortar a los fieles y hacer todo lo contrario, creer en Dios y en las fuerzas malignas ocultas... Bueno, no nos asustemos pues todo esto ya lo denunció Jesús en la sociedad tan religiosa de su tiempo cuando criticaba a los hipócritas y fariseos que dicen y no hacen, que cargan pesos pesados a la gente y ellos no mueven un dedo... “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, les dijo un día.

En este aspecto me estoy dando de bruces con el tan manido clericalismo, que impera en nuestra iglesia... Acabo de expulsar a un candidato a seminarista de veintitrés años, Alban, que se las hacía pasar de San Luis Gonzaba; he descubierto que hizo del seminario menor donde estaba haciendo su año de discernimiento vocacional, un auténtico prostíbulo. Solo me acosté con cuatro mujeres, se excusa cuando le he interpelado. Todos lo sabían; los seminaristas pequeños, los centinelas, las cocineras..., y hasta las dos monjas. Todos lo sabían, pero todos callaron por miedo. En una sociedad con un machismo desmesurado, muchas jóvenes y algunas mujeres están hambrientas de hombres; y por el equivalente de 5 € y una botella de cerveza, algunas chicas de la coral o de los grupos y fraternidades cristianas se acostarán con el primer responsable eclesial, más si es un seminarista o un clérigo, que se insinúe... Así en estos tres meses estoy lidiando con el caso de Alban, Augusto, Junior, Jean Paul...

“No cometerás adulterio”. El clericalismo sigue siendo una herida profunda en nuestra iglesia. Contrariamente a la vocación de servicio a la que hemos sido llamados, el clericalismo lleva al abuso del pequeño, a servirse de los débiles, violentándoles... Llevo dos meses confirmando a miles de cristianos, y no hago más que insistir pidiendo un corazón nuevo..., un nuevo espíritu... para nuestra iglesia. “La verdad os hará libre”; es la verdad de uno mismo lo que nos salva... Lo más grave es que ante este clericalismo no veo dolor de los pecados, ni propósito de la enmienda..., solo mala suerte pues me han pillado. Si no te pillan no hay problema.

Estos días hemos acabado de construir la capilla de san Juan Pablo II de Yale con la colaboración económica de todos los cristianos de la diócesis...; al final me entero, de rebote, que los albañiles han robado bastantes sacos de cemento. Ya les había avisado a la comunidad que vigilaran pues ese cemento les pertenece y es para su capilla. Me he enterado del robo por fuera aparte. Los de la comunidad lo sabían, pero por miedo o, vaya usted a saber qué, se han callado...; todos cómplices, todos encubren el mal... He sancionado a la comunidad cristiana por su complicidad. La capilla quedará cerrada hasta que no paguen los sacos robados. Lo mismo para el empresario... ¡Qué mala suerte han tenido; el obispo les ha pillado! “No robaras”. En nuestra sociedad hay un pensamiento anclado en el inconsciente popular: robar a la Iglesia no es pecado, es casi una hazaña; pues la Iglesia tiene mucho dinero, la Iglesia somos nosotros, la jerarquía, los de fuera...

 

 

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