Jesús Martínez
Gordo
26/09/2026
En la “Nota final” del 24 de abril de 2026,
facilitada a los medios de comunicación social, se informó —al acabar la 129
Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española— de que se había
“propuesto la creación de un ministerio de la caridad, que debería estar
preparado con un período de formación suficiente y que podría implantarse
también ‘ad experimentum’”. Se encomendaba a la Comisión Episcopal para la
Evangelización, Catequesis y Catecumenado presentar una propuesta en este
sentido en la siguiente Comisión Permanente[1].
Se trataba —así me parece— de una propuesta
relevante, además de necesaria, no solo porque se sumaba a los ministerios
instituidos —ya existentes— de lector, acólito y catequista, sino, sobre todo,
porque de tal apuesta podía depender —según cómo se comprenda e implemente— el
futuro de la inmensa mayoría de las actuales parroquias y, por ello, de una
buena parte de las diócesis españolas, así como de la Confederación oficial de
entidades de acción caritativa y social de la Iglesia católica, que es Cáritas.
Es lo que intento explicar en estas líneas.
Importante para el futuro de las parroquias
Creo, en primer lugar, que es relevante
porque puede depender el futuro de la inmensa mayoría de las actuales
parroquias: veo que una buena parte de ellas —al menos, de las que conozco—
están condenadas a ser —al no contar con tal “ministerio de la caridad”— solo
comunidades, en el mejor de los casos, de anuncio de la fe, de celebración de
la misma y facilitadoras, en su casi totalidad, de voluntariado para una
institución que, como Cáritas, asume y lidera la dimensión de la caridad y de
la justicia. Y lo hace de manera autónoma, profesionalizada, además de con
competencia y eficacia.
A diferencia de esta situación, la propuesta
episcopal permite poner en su sitio y da entidad institucional a la tercera de
las dimensiones fundamentales de toda comunidad cristiana —la caridad y la
justicia— y articularla con el anuncio y la celebración, además de con la
presidencia. Por ello, me sumo gustosamente a aportar mi parecer sobre dicho
“ministerio de la caridad” (y de la justicia), por si pudiera ayudar en algo.
Me sumo, en primer lugar, porque la tarea de
muchísimas de nuestras comunidades y parroquias ya no puede ni debe limitarse
solo a seguir facilitando “voluntarios” o “voluntarias” para Cáritas, además de
aportar las correspondientes y preceptivas colectas. Es muy posible que estemos
ante una magnífica ocasión para atender, como se merece, la dimensión
caritativa y sacarla de la débil y alicorta institucionalización en la que se
encuentra sumida desde hace demasiado tiempo en nuestras parroquias y comunidades.
Y, por supuesto, de ponerla en pie de igualdad con los restantes ministerios
del lectorado, del acolitado y de la catequesis.
Me sumo también porque quien sea responsable
del ministerio de la caridad y de la justicia tendrá que liderar tanto el
voluntariado parroquial como los programas de intervención que se consideren
pertinentes en el territorio. Y tendrá que hacerlo en colaboración con los
restantes responsables ministeriales de la caridad y de la justicia de la
diócesis. E, igualmente, tendrá autoridad para solicitar, cuando se vea
necesaria, la colaboración de una posible Cáritas, profesionalizada y
competente, o de otras instituciones que cuenten con profesionales de probada
capacitación en el ámbito de la intervención social. Obviamente, tendrá que ser
una decisión tomada previo discernimiento con el equipo ministerial del que
formaría parte y con el del grupo de voluntarios y voluntarias parroquiales al
servicio de la caridad y de la justicia que él lideraría.
Y me sumo, finalmente, porque si algo de esto
se implementara, es muy posible que nos encontráramos con comunidades y
parroquias que acentuaran, legítimamente, esta dimensión capital en toda
comunidad cristiana. Y que lo hicieran, cuidando las restantes dimensiones de
la celebración y del anuncio, debidamente articuladas con la presidencia. Por
tanto, se trataría de comunidades y parroquias con un perfil propio en el
seguimiento de Jesús, complementario, con los que vienen siendo habituales,
desde hace tiempo, cuando acentúan la dimensión celebrativa o la anunciadora y,
como resultado de ello, priman los ministerios del lectorado, del acolitado o
de la catequesis.
Si así fuera, además de favorecer una mayor
pluralidad de comunidades, se estaría saliendo al paso del “runrún” —cuando, no
de la alicorta descalificación— según el cual las parroquias o unidades
pastorales que priman la caridad y la justicia no pasan de ser, en el mejor de
los casos, meras “ONGs”.
Por tanto, la creación e implantación de este
ministerio es importante porque permite reconocer y poner en práctica
institucionalmente la dimensión o el pilar de la caridad y la justicia, así
como articularla con las restantes dimensiones de toda comunidad cristiana (la
celebración y el anuncio, además de la presidencia) y porque deja las puertas
abiertas a otro modelo de posible parroquia, propiciando una mayor y necesaria
pluralidad.
Y también es importante para el futuro de
Cáritas
Pero también creo, en segundo lugar, que la
apuesta episcopal por el “ministerio de la caridad” y de la justicia puede ser
importante porque permite clarificar el futuro de Cáritas y la relación de tal
“ministerio de la caridad” con el servicio desempeñado por los “profesionales”
y por el “voluntariado” de esta institución; en particular, si se entiende que
dicho “ministerio” o servicio no puede ser comprendido ni implementado como una
especie de voluntariado o profesional de Cáritas, por ejemplo, teológicamente
capacitado o mejor formado, tanto desde el punto de vista teológico y pastoral
como espiritual.
Si esta propuesta llegara a aplicarse —y no
parece haber razones teológico-pastorales que lo impidan—, la caridad y la
justicia de la comunidad cristiana podrían organizarse conforme a dos modelos.
El primero primaría la responsabilidad ministerial de la comunidad cristiana y
recurriría a la ayuda de una «Cáritas profesional». El segundo integraría ambas
dimensiones en una «Cáritas ministerial y profesional».
El modelo “ministerial de la comunidad
cristiana”
El primer modelo, el “ministerial”,
descansaría en la institucionalización y liderazgo del “ministerio de la
caridad” y de la justicia con la colaboración de voluntarios y voluntarias de
la realidad comunitaria o pastoral (parroquia o unidad pastoral) en la que se
implantara e institucionalizara dicho ministerio o servicio. Los posibles
proyectos que liderara dicho “ministerio” estarían económicamente financiados
por las aportaciones de los fieles del territorio pastoral y, cuando fuera
necesario, de otras parroquias, instituciones civiles o de la diócesis.
Sería responsabilidad de este “ministerio” o
servicio estar atento y salir al paso —hasta donde fuera posible— de las
necesidades o urgencias sociales y caritativas del ámbito de la parroquia, del
pueblo o de la zona pastoral, detectando tales ausencias y necesidades,
interviniendo en la medida de sus posibilidades o, en su defecto, informando y
apremiando —cuando se considerara necesario— a los responsables políticos y
sociales de los problemas constatados o solicitando la colaboración de la
diócesis o de los servicios —profesionales y especializados— de Cáritas o de
otros colectivos capacitados para ello.
Una apuesta de este calado obligaría a
repensar la actual organización y comprensión de Cáritas reforzando el perfil
“profesional” de quienes trabajan en esta institución. Contaría con sus propios
programas de intervención y financiación, así como con la autonomía
organizativa de una institución de inspiración cristiana. Y estaría disponible
para ayudar y colaborar con el ministerio de la caridad y de la justicia de la
comunidad cristiana, siempre que dicha ayuda y colaboración les fueran
solicitadas. Evidentemente, se requeriría un período —desconozco si corto o
largo— de clarificación y adaptación.
El modelo de una “Cáritas ministerial y
profesional”
Este segundo modelo llevaría a reconvertir la
actual Cáritas —altamente profesionalizada y apoyada por voluntarios— en otro
“ministerial”. Este nuevo modelo, a la vez, “ministerial y profesional” estaría
gestionado por probados ministros de la caridad y de la justicia y sostenido —en
el caso de que tales “ministros” o servidores no estuvieran técnicamente
capacitados— por los profesionales.
Sería un modelo que, fundado y dirigido por
tales ministros de la caridad y de la justicia, no anularía —sino que se
sostendría— en la necesidad de pensar, proponer y promover dicho ministerio o
servicio, también en los territorios pastorales. Por eso, antes de
implementarlo, sería necesario que los responsables “ministeriales”
desempeñaran su “ministerio” o servicio en los territorios pastorales. Y que
contaran con la colaboración de una “Cáritas profesional” en tránsito al modelo
de una “Cáritas ministerial y profesional” durante el tiempo que se estimara
necesario y oportuno.
Visto así, en este modelo “ministerial y
profesional” también habría que pensar e implementar el “ministerio de la
caridad” y de la justicia, un servicio diferente al de un voluntariado o un
profesional de Cáritas teológicamente formado.
Entre ambos modelos, esta aportación se
centra en el primero: el que prima la institucionalización y el liderazgo del
ministerio de la caridad y de la justicia en las comunidades cristianas y
recurre, cuando sea necesario y se solicite, a la colaboración de una «Cáritas
profesional».
Elegido el marco organizativo, queda por
precisar cuál es el fundamento cristológico y eclesial de dicho ministerio o
servicio, quién puede recibirlo y cómo se distingue de otros modos de
participación.