Una catedrática en Economía y un ensayista explican por qué es posible ver a personas empatizar con un fondo buitre o con un banco antes que con las víctimas de la usura: "Es una forma de individualizar un problema social".
Fuente: Huffingtonpost
27/09/2026
Maricarmen está "emocionalmente derrotada". La mujer, de 87 años, fue desahuciada esta semana al cuarto intento. Salió de su casa, en la que vivía desde hace 70 años, en una camilla del Samur. Ha encontrado un techo provisional en el piso de un familiar, lejos de la capital. Urbagesa, la propietaria, le puso un alquiler inasumible para su pensión de un día para otro. Las movilizaciones continúan y el caso ha conmocionado a buena parte de la sociedad. Pero no a todo el mundo.
No son pocos los comentarios que se pueden leer en redes que no solo cuestionan a Maricarmen, también su sufrimiento. "Hasta 70 años viviendo pagando una mierda de alquiler en el medio de Madrid". "Esa casa no ha sido suya nunca, que se lo hubiera pensado antes". "Si hubiera ahorrado un poquito se habría comprado un piso, pero vivía muy tranquila". "La señora pretendía vivir eternamente en una casa que no era suya al precio que ella quería".
Seguramente quienes escriban ese tipo de cosas en internet defenderán que en realidad no están odiando a nadie, simplemente comparten su opinión. Pero, ¿qué otra cosa revelan ese tipo de mensajes? ¿Qué otra cosa iba a ser, si no es odio, esta incapacidad de empatizar con una señora de 87 años que ha perdido la casa en la que vivieron sus padres, pero sí hacerlo con una empresa que solo busca más beneficio?
Pero, ¿por qué este odio ahora a Maricarmen? ¿Es signo de los tiempos, es inevitable, es un fenómeno reciente? ¿Se odia más que antes a los vulnerables? Conviene matizar... y repasar la hemeroteca. Por ejemplo, una diputada del PP, Andrea Fabra, gritó "¡que se jodan!" en el Congreso. Fue en 2012, y lo hizo justo cuando Mariano Rajoy estaba anunciando un recorte en las prestaciones de los desempleados.
En esa época también se señaló a las víctimas de las preferentes. Muchos bancos y cajas ofrecieron productos complejos que llevaron a la ruina a muchos pequeños inversores. Fallaron salvaguardas, falló la regulación e incluso se perdieron vidas ante la agonía de ver los ahorros de toda una vida volatilizados. En lugar de empatizar con los afectados hubo quien quiso hacerlo con la banca: algunas voces acusaron a estas personas de haber firmado papeles sin tener suficiente "educación financiera".
Está claro que este tipo de mensajes no son un fenómeno nuevo ni señalan únicamente a Maricarmen. También estuvieron en el foco los más de 250.000 afectados del Forum Filatélico cuando la Audiencia Nacional lo intervino hace 20 años, y Mariano Rajoy repitió entre 2008 y 2012 de forma machacona que la gente no podía vivir por encima de sus posibilidades.
Mensajes producto de "la individualización de problemas colectivos"
A menudo, esos mensajes ni siquiera tienen demasiado apego por la realidad. Una secretaria de Estado del primer Gobierno de Rajoy adujo en 2012 que los jóvenes emigraban de España por su "impulso aventurero": hace catorce años ya tuvimos que explicar que no, que no eran Indiana Jones.
En el caso de Maricarmen, mucha gente omite deliberadamente que la propiedad de la empresa ignoró el ofrecimiento de una escritoria dispuesta a pagarle el piso y las deudas a su vecina. "Nadie tiene derecho a quedarse en una casa que no es suya, pero el caso de Maricarmen es el típico en el que unos cuantos pretenden imponer una supuesta solidaridad a un tercero", decía en redes Jano García, un exjugador de póker que colabora con el programa Horizonte de Iker Jiménez. No es verdad.
"Este tipo de argumentos en general son productos de la individualización social. Estas personas entienden que cada individuo en una sociedad puede tomar decisiones buenas o malas y que no hay terceros factores que les estén afectando. Es una individualización de problemas que en realidad son problemas sociales". Quien explica esto es Olga Cantó, catedrática en Fundamentos del Análisis Económico en la Universidad de Alcalá.
"Para una persona que vive en la misma casa desde 1956 es imposible prever lo que iba a suceder en 2026", zanja la especialista. "Es como si pasado mañana nos dijeran que el agua o el aire limpio cuesta mucho dinero y nos acaben recriminando que en esta época pudimos haber llenado una piscina y no lo hicimos. Es absolutamente ridículo y una forma de individualizar un problema social que en realidad es grave", continúa.
La catedrática ve claro además que estos discursos sirven para individualizar un problema que no solo es social, sino también de control. "Pasó con las preferentes: el control de los servicios financieros es un problema social. Muchísima gente con niveles educativos altos había invertido porque daban unas rentabilidades sospechosas, pero muy apetitosas. Fue un problema de regulación del sistema financiero".
Igual que hoy es un problema de regulación del mercado inmobiliario. "El hecho de que la vivienda haya alcanzado estos precios inasequibles para clases incluso medias altas, para el 80% o para el 90% de la población, tiene estos efectos. Esto es solo la punta del iceberg", enfatiza Olga Cantó. Que los precios más habituales hayan crecido no convierte los 500 euros que podía pagar Maricarmen en un alquiler "barato".
"Situarse en la inmoralidad da relevancia mediática, y es fácil monetizarla"
Mauro Entrialgo es ilustrador y autor del ensayo Malismo: la ostentación del mal como propaganda (Capitán Swing, 2024). Consultado por El HuffPost, Entrialgo recuerda que estos "discursos mezquinos" se han visto ya contra personas estafadas por bancos... "Pero se hacían desde el anonimato de las redes. No recuerdo a ningún político apuntarse a esas argumentaciones de forma abierta. Es en la última década y media cuando el fenómeno que llamo malismo se ha ido popularizando".
"Presumir de haber cometido un mal o de estar a favor de quien lo causa con el objeto de recibir un beneficio ha existido siempre. Lo que sucede es que esto se circunscribía a pequeños entornos asociales como el de los adolescentes malotes", identifica el autor. "En política es la ultraderecha la que utiliza el malismo con mayor naturalidad y ha dado la victoria a Trump, Milei o Ayuso, pero ha calado también en la derecha tradicional".
Sí que hay malismo en los debates en torno a Maricarmen. "Es cierto que muchos [de estos mensajes] están pagados de forma directa con dinero de fondos buitres, pero otros divulgan esos pareceres por malismo, por supuesto. Situarse en la inmoralidad les otorga relevancia mediática y esa relevancia, además, es fácil de monetizar en los medios". "Ser un sinvergüenza y reconocerlo se percibe como fresco, sincero y original".
¿Acabará? "Como toda moda, es lógico pensar que tendrá un tope cuando sea mainstream. Es difícil percibir a alguien que presume de ser mala persona como irreverente en el momento que todo el mundo chulee de ser mala gente". Entrialgo cree que "ser un mierdas dejará de ser cool", parece que pronto. "La duda es qué estructuras sociales y de mera convivencia seguirán en pie cuando lleguemos a ese nivel".

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