2026/10/21

Barbarie contra el clero vasco

"La barbarie es, básicamente, incultura o falta de civilidad y, en no pocas ocasiones, adquiere marchamo de fiereza y crueldad, cuando llega de la mano de la violencia"

Fuente:   Noticias de Gipuzkoa

Por   Patxi Agirre

21·10·26


 

La barbarie es, básicamente, incultura o falta de civilidad y, en no pocas ocasiones, adquiere marchamo de fiereza y crueldad, cuando llega de la mano de la violencia. En nuestra historia contemporánea, el pueblo vasco, o cuando menos parte de él, ha sido protagonista, como víctima y victimario (algunas personas han adquirido asimismo la doble condición), de actos de brutalidad que despojan al que los comete de su definición como “ser racional”.

Hoy se cumplen 90 años de uno de aquellos episodios de salvajismo inhumano que produjo un efecto moral de desolación en una ciudadanía vasca por aquel entonces muy mayoritariamente católica. En tal sentido se expresó el 8 de noviembre el cardenal primado de España Isidro Gomá (afín a Franco) en una carta remitida al secretario de Estado del Vaticano, monseñor Pacelli (futuro Pío XII): “El ánimo del clero de Guipúzcoa está deprimido y el vecindario católico práctico, hoy en su totalidad están asustados e indignados ante estos hechos que causan enorme perjuicio a la Religión, pues siempre habrá quien pueda propagar que el ejército lleva ya fusilados a ocho sacerdotes, cuando los rojos sólo mataron a dos: el párroco de Pasajes de San Pedro y un coadjutor de Iciar (Deva)”.

Para el capuchino Miguel de Alzo (Aniceto Olano), la dramática situación de aquel infausto otoño del 36 se resumía así: “Están haciendo y proclaman la guerra de exterminio contra todo nacionalista simpatizante o que votó nacionalista, proclaman el exterminio del clero vasco. Es una locura de sangre y odio. Hay mucha miseria, vida muy cara, mucha tristeza”.

Ambos religiosos, Isidro Gomá y Miguel de Alzo, situados en distintos espacios ideológicos, se referían al fusilamiento en Gipuzkoa, entre octubre-noviembre de aquel año y sin mediar juicio formal, de varios sacerdotes vascos, todos euskaltzales y abertzales algunos, por las fuerzas franquistas.

Tal como expone el informe Los capuchinos baskos en la Guerra Civil, todos aquellos asesinatos se perpetraron en un contexto de ausencia total de cualquier derecho, por mínimo que fuera, que pudiera asistir a los ajusticiados: “No hay ningún expediente incoado, no se participa al que va a ser muerto la noticia de la ejecución hasta el momento de sacarle de la celda de la prisión a las altas horas de la noche. No celebran la Santa Misa en su último día, ni están en capilla. Llegados al lugar de la ejecución, un religioso les oye en confesión y, sacando una cajita donde guarda las formas eucarísticas, les distribuye la sagrada comunión. Han sido enterrados en fosa común y sin ataúd siquiera”.

Martín Lekuona, detenido en Errenteria a primeros de octubre de 1936, fue acusado de “hacer pública propaganda en la Escuela de una Sociedad que con el matiz de Social-Católica era vergonzante nacionalista, hasta el extremo de que los padres de familia han protestado”; en esta misma localidad apresaron también a Gervasio Albizu, tachándolo de “nacionalista exaltado” y de haberse posicionado a favor de la Revolución de Octubre de 1934. Alejandro Mendikute, natural de Ordizia y capellán en Donostia, era hermano del párroco de Hernani, “quien consiguió recoger el cadáver y darle sepultura en el cementerio”. Todos ellos, junto con José Peñagarikano, fueron ejecutados junto a la tapia del camposanto hernaniarra. 

José Joaquín Arin, natural de Villabona y arcipreste ecónomo de Arrasate, fue encarcelado en el penal donostiarra de Ondarreta, al igual que José Markiegi, Leonardo Guridi y Celestino Onaindia. El hermano de éste último, Alberto Onaindia, canónigo de Valladolid y amigo personal y colaborador del lehendakari Aguirre, narró así lo acontecido con aquellos presos: “Una noche fueron sacados de Ondarreta, firmaron a la puerta de la prisión un documento de libertad, les ataron las manos, los empujaron a un camión y casi a media noche los fusilaron sin testigos en el cementerio de Oiartzun”. A Jorge Iturricastillo lo mataron en la carretera de Artikutza (Goizueta, Nafarroa). De él habían dicho que “era dirigente del partido nacionalista, tenía relaciones con los jefes del Frente Popular y aconsejaba a los mozos del pueblo que se alistaran en las filas de los rojos”. José Sagarna cayó abatido cerca de Ondarroa y el corazonista navarro Padre Otano, en algún lugar no identificado. El párroco de la localidad navarra de Cáseda, Eladio Celaya, promotor de numerosas acciones de justicia social, fue fusilado en Undiano junto a Victorino García Enciso, concejal republicano de Iruña y el capellán castrense Santiago Lucus Aramendia, Padre Lucus.

A esta terrible lista mortuoria hubo que sumar otros cuatro sacerdotes asesinados por milicias del Frente Popular: Manuel Lladosa, el Padre Aranguren, Luis Agirre y Manuel Ortuzar.

Uno de los religiosos fusilados en Hernani, José Ariztimuño, Aitzol, sacerdote tolosarra, periodista y escritor, recibió, dos días después de su fallecimiento, este nauseabundo obituario por parte del periódico franquista donostiarra El Diario Vasco: “En esta redada de peces y pececillos marxistas, ha caído este pez gordo que es Aitzol, energúmeno líder del nacionalismo separatista, aventajado traductor al vascuence que deshonraba sus hábitos sacerdotales. Mal español, mal vasco, pero ministro de Dios. En El Diario Vasco lo conocíamos en toda su dimensión de hispanófobo furibundo”. Si esto fuera poco, el informe Los capuchinos baskos en la Guerra Civil, recogió el dato de que “un señorito de las mejores familias de Bilbao se jacta de haberle dado el golpe de gracia”. 

Religiosos vascos ejecutados

En 1961, Fray Justo Pérez de Urbel, primer abad del Monasterio de la Santa Cruz del Valle de los Caídos (Cuelgamuros), consejero nacional del Movimiento y Procurador en las Cortes franquistas, afirmó solemnemente, refiriéndose a los religiosos vascos ejecutados, que “no son ellos los mártires de quienes puede enorgullecerse la Iglesia”. 

Según reza en el informe Los capuchinos baskos en la Guerra Civil, los militares sublevados trataron de silenciar la divulgación de estos hechos mediante el establecimiento de una serie de prohibiciones que incluso afectaban a los familiares de los fallecidos (prohibición de llevar luto, prohibición de celebrar funerales en las iglesias donde habían sido párrocos o coadjutores) y, de igual modo, prohibieron que el Boletín Eclesiástico de la Diócesis de Vitoria publicara los nombres de los sacerdotes ejecutados, con el carácter de muerte violenta. Sobran comentarios.

Que la barbarie, unida al sectarismo y al fanatismo no se vuelva a repetir en nuestro país.

Garai bateko kristau eskeletan esaldi hau ipintzen zen: “Iltzeko jayo zan”. Aipaturiko izen guzti horiek, gazteegi joan ziren mundu honetatik. Goian Bego.

 

 

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