Fuente: El Progreso
04/09/2026
Hoy hace exactamente cinco años que estoy con y para vosotros. Me parece una fecha redonda y propicia para compartir algunos de los sentimientos que me envuelven en este día, volver la vista atrás y mirar el camino que hemos recorrido juntos. El verdadero objetivo de esta mirada no es otro que tratar de descubrir la huella de Dios y su paso silencioso en la sencillez de cada jornada, percibiendo cómo Él va haciendo historia viva a través de cada uno de nosotros.
Lo primero que brota con fuerza en mi corazón es la acción de gracias: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Salm 126,3). Deseo dar gracias a Dios por el inmenso regalo de haberme puesto en vuestro camino y entrelazar nuestras vidas en el proyecto de amor que Él tiene reservado para nosotros. Son abundantes los motivos para este agradecimiento. Aunque nuestra Iglesia diocesana de Mondoñedo-Ferrol es humilde y sencilla, atravesada por fragilidades y retos que bien conocemos, cuenta con innumerables elementos pequeños que manifiestan la belleza y grandeza de esta comunidad de creyentes. Tal vez, atrapados en la cotidianeidad y mezclados con nuestros propios complejos, somos incapaces de percibirlos. Sin embargo, ¡es en lo pequeño y en lo sencillo donde Dios edifica su Reino! Dios, habiéndose encarnado, se esconde en lo aparentemente inútil, y es en la acogida de estas realidades cotidianas donde podemos acrecentar la esperanza que tanto necesitamos.
Os invito, por tanto, a dirigir la mirada a todas esas cosas sencillas que nos hacen grandes y, sobre todo, fieles al proyecto del Señor. Debemos valorar profundamente la entrega servicial, silenciosa y fiel de los sacerdotes de nuestra diócesis en la edificación de las comunidades, así como sus encuentros mensuales en Mondoñedo como cauce de fraternidad, estímulo misionero y cultivo espiritual. Tampoco podemos olvidar el testimonio de las diversas comunidades religiosas distribuidas por nuestra geografía, que abren sus iglesias a la oración o se entregan al servicio de los más pobres, especialmente de la infancia y las familias vulnerables.
Es preciso resaltar la energía y la alegría de nuestros voluntarios en Cáritas, Manos Unidas, la pastoral de la salud, el proyecto de trata y la pastoral penitenciaria, siempre volcados en generar fraternidad; al igual que los encuentros diocesanos a lo largo del curso, que derrochan eclesialidad y acogida. Muy especialmente destaco el amor abnegado de tantas personas hacia sus parroquias, sirviéndolas en tareas fundamentales como abrir los templos y mantenerlos limpios; el cariño del equipo del Campamento Diocesano; el testimonio de fe de catequistas y cristianos sencillos; las conversaciones vivas en los atrios tras las celebraciones; los procesos de formación de adultos y catecumenado; las celebraciones dominicales y el acompañamiento constante a enfermos y ancianos.
Asimismo, hemos de apreciar los valiosos esfuerzos realizados en las Unidades Pastorales (UPAs) para tejer comunidades más amplias y de talla humana, las iniciativas de primer anuncio para salir al encuentro de los alejados, la acogida a los peregrinos del Camino de Santiago, la pastoral juvenil y el arraigo de la religiosidad popular en santuarios, romerías y cofradías, donde nos descubrimos como una Iglesia acogedora y sensible.
Reconozco que estos cinco años transcurrieron con rapidez. Agradezco de corazón vuestra cercanía, que me ayudó a querer ser “un gallego de Burgos”, tal como se me invitó el día de mi ordenación episcopal. Os pido también perdón por las veces que haya podido ofenderos o defraudar vuestras expectativas.
Desde el deseo de seguir aprendiendo y construyendo con vosotros, me parece indispensable consolidar cuatro procesos fundamentales que he tratado de construir estos años sobre los cimientos dejados por quienes nos precedieron:
En primer lugar, la Sinodalidad. No se trata de una mera palabra de moda, sino de una forma de ser Iglesia desde la corresponsabilidad diferenciada. En ese sentido, me alegran los avances en el diaconado permanente, los ministerios laicales y la consolidación de equipos de trabajo que demuestran que la Iglesia la construimos entre todos.
En segundo lugar, la Evangelización. Constituye el núcleo de nuestra misión. Desde aquí se entiende, entre otras cosas, la puesta en marcha de la Escuela de Evangelización ofrece un espacio formativo y de diálogo para abordar la vida a la luz del Evangelio, respondiendo con creatividad y coordinación a los anhelos de trascendencia de nuestra sociedad.
En tercer lugar, el Acompañamiento. Surge de la urgencia de la comunión. He pretendido acompañar a los sacerdotes —especialmente a los más ancianos—, a las parroquias, a la vida consagrada y los agentes de pastoral. Se trata de una prioridad que da sentido a la Visita Pastoral y a las diversas iniciativas de encuentros diocesanos.
Por último, el Futuro. Tenemos la responsabilidad de preparar el mañana con esperanza. En esa línea se entienden propuestas abiertas como la creación del Seminario Interdiocesano y la acogida de clero foráneo, el protagonismo laical, las estructuras permanentes de diálogo con la sociedad, el compromiso caritativo reflejado en el piso para personas reclusas o la Vicaría para la Caridad y la renovación de estructuras diocesanas con la publicación de nuevos estatutos.
Aunque a veces sintamos el abismo de las tormentas desde esta barca eclesial, el Señor nos invita a confiar. Ante el nuevo curso que comienza, os invito a seguir construyendo juntos esta Iglesia, que también es vuestra, para el bien de nuestro mundo.

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