Fuente: Cristianisme i Justícia
Por Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) - Almería
04/09/2026
El verano suele ofrecer la calma necesaria para abordar lecturas pendientes. Es en estos meses de pausa cuando caen en nuestras manos libros como Martinete del rey sombra (Premio Nacional de Narrativa 2024), en el que Raúl Quinto rescata con pulso poético e incisivo uno de los pasajes más oscuros de nuestra historia: la Gran Redada del 30 de julio de 1749, aquel intento del Marqués de la Ensenada por borrar de un plumazo al pueblo gitano en España.
Sin embargo, al cerrar las páginas de la novela y asomarnos a las noticias del verano, la lectura deja de ser un mero ejercicio de memoria histórica. Los sucesos vividos este agosto en la frontera de Ceuta —donde la desesperación humana ha vuelto a chocar contra la dureza de los mapas— despiertan un eco inevitable. Más allá de las fechas exactas (30 de julio) o de las evidentes diferencias de contexto, la mirada sobre el pasado reciente y el presente nos revela que las corrientes subterráneas del poder siguen intactas. Un hilo invisible conecta la corte absolutista de Fernando VI con los despachos geopolíticos del siglo XXI.
El ajedrez del poder: piezas nobles y peones sin rostro
En la literatura y en la historia, las altas esferas suelen representarse como un tablero de ajedrez. Pero el ajedrez real del poder es un juego cruel: requiere que la inmensa mayoría de las piezas sean sacrificables para proteger las figuras reinantes o alcanzar un objetivo abstracto de «orden», «razón de Estado» o «seguridad nacional».
En Martinete del rey sombra, Raúl Quinto retrata con precisión quirúrgica esa maraña palaciega donde las vidas humanas se convierten en meros movimientos estratégicos:
La política es un ajedrez monstruoso donde uno no sabe cuántas de sus piezas está moviendo o son movidas por otros, y donde el tablero cambia de tamaño y de lugar a cada momento, y lo único transparente, el único centro que de verdad respira en medio de todo este caos de máscaras y penumbras, son el rey y la reina (p. 138).
En 1749, el tablero lo trazaban los manejos del Marqués de la Ensenada, las rivalidades continentales entre Francia e Inglaterra, los intereses e intrigas de Isabel de Farnesio o el Duque de Huéscar, la connivencia eclesiástica. Para homogenizar el reino y asegurar sus equilibrios, concibieron en la penumbra de palacio una maniobra logística obsesiva: el arresto masivo y la separación de miles de familias gitanas: «el objetivo era la salud del reino, la desinfección y el exterminio» (p. 13)
Hoy, el tablero ha cambiado de escala, pero la lógica sigue siendo la misma. En los sucesos de Ceuta, los hilos los mueven los pulsos geopolíticos del rey de Marruecos, la sombra de alianzas estratégicas internacionales —desde la geopolítica de Trump o Israel hasta los delicados equilibrios energéticos con Argelia— y la interesada polarización política interna en España.
Y en medio de este caos de máscaras y diplomacia, los sacrificados siguen siendo los mismos: peones sin rostro. Adolescentes marroquíes, jóvenes subsaharianos, la población ceutí atrapada en la tensión o aquellas familias gitanas conducidas a los arsenales. En ambos siglos, el poder calcula en moqueta y a distancia; la carne padece de cerca, aplastada en una oscuridad deshumanizadora:
Nadie tiene rostro esta madrugada, ni los que corren ni los que callan, ni los que sueñan ni los que matan. Nadie. […] Esta noche no tiene rostro pero nos está mirando fijamente a los ojos (pp. 15 y 17).
La invención de la alteridad: el espejo que hay que romper
La maquinaria del poder necesita una coartada moral para poder desplegar su violencia sin levantar sospechas en la conciencia colectiva. Antes de la redada o del despliegue policial en la frontera, ocurre una operación mucho más sutil y peligrosa: la deshumanización del otro. Para que una sociedad tolere el encierro masivo o el rechazo en el espigón, primero hay que transformar a la persona en un estigma, en un peligro abstracto o en un simple elemento fuera de lugar.
En Martinete del rey sombra, Raúl Quinto retrata con crudeza la mirada de los vecinos que contemplan las primeras detenciones en las plazas del siglo XVIII. En esa escena cotidiana se sintetiza el mecanismo exacto de la otredad:
Demasiada gente. Demasiado cielo sobre sus cabezas y dentro de sus estómagos. El poco pan. La calor densa del verano con su baile de moscas y sudor. Ahí están en la plaza, a la vista de sus antiguos vecinos. Y claro que los miran, entre el temor y el alivio, como un espectáculo y un afuera. Y claro lo habrá también quien se escandalice, pero no tanto como para alzar la voz. A fin de cuentas el gitano siempre es el otro, una cosa parecida a ti pero no más que un dibujo a una flor […]. Un reflejo torcido en un espejo que hay que romper. […] Ellos están dentro y tú estás fuera (p. 26).
Aquella etiqueta de «vagos y perjudiciales» usada en 1749 para justificar la separación de familias y su exterminio paulatino encuentra un reflejo idéntico en el lenguaje contemporáneo. Hoy, los jóvenes que intentan cruzar a Ceuta, los migrantes subsaharianos o las personas racializadas dejan de tener nombres, rostros y proyectos de vida en el discurso público. Se convierten en «flujos», «avalanchas» o «amenazas a la convivencia». Se les despoja de su condición de semejantes para situarlos en una zona de excepción moral donde el derecho suspende sus garantías.
En el fondo, la lógica no ha cambiado. Se dibuja una frontera invisible —unas veces la plaza del pueblo, otras la valla o el mar— que separa a quienes merecen protección de quienes son vistos como un peligro inevitable. Como señala Quinto al reflexionar sobre esa grieta insalvable que el poder alimenta entre vecinos y desplazados, se «sabe perfectamente que ellos son y siempre serán los otros, y que en esa otredad no hay lugar para el encuentro, que el conflicto podrá dormirse un tiempo pero siempre acabará por abrir los ojos y enseñar los dientes» (p. 28).
El barro inagotable: la eterna condición del desposeído
Hay una constante imperturbable que atraviesa los siglos y conecta a los cautivos del siglo XVIII con quienes hoy arriesgan la vida en el espigón de Tarajal o ante las vallas de Ceuta: la pobreza. La marginación y las dinámicas de excepción rara vez rozan al poderoso; se ensañan de forma directa y sistemática con los descalzos.
Tras la Gran Redada, miles de varones gitanos de toda Andalucía fueron trasladados al arsenal de La Carraca, en Cádiz, para ser sometidos a trabajos forzados en los astilleros. Raúl Quinto retrata esa miseria física y moral sin concesiones:
Encadenados. Igual que duermen en un almacén unos contra otros sobre el suelo podrido por la orina y los insectos. No había letrinas para ellos. Tampoco ropa. Aquí están paleando con el barro hasta la cintura, salpicándole los ojos y haciendo que los grilletes pesen el doble. La Carraca es un desastre que cada dos por tres se inunda. El barro nunca acaba. No hay fondo (p. 71).
El barro inagotable de los astilleros del siglo XVIII es hoy el agua salada, la arena de la playa o el hormigón de las calles a la intemperie, las puertas desbordadas del CETI. El sufrimiento de las víctimas humildes casi nunca firma los tratados internacionales ni figura con nombres y apellidos en las crónicas oficiales del Estado. Es un dolor silencioso, un lamento que en la historia del pueblo gitano germinó en el martinete —ese cante desnudo, a palo seco, nacido del golpe de la herramienta contra la piedra o el hierro— y que en las fronteras de hoy se ahoga en el mar o se diluye en expedientes burocráticos.
Las víctimas cambian de siglo, de vestimenta y de origen, pero la asimetría permanece intacta: en cualquier disputa geopolítica o maniobra de Estado, los pobres son los primeros golpeados y la dignidad humana, la primera en ser pisoteada.
Epílogo: la memoria como espejo incómodo
El verano se apaga y las noticias inmediatas empiezan a perder aire en las rotaciones mediáticas, pero las dinámicas de fondo permanecen. La lectura de Martinete del rey sombra actúa como un espejo incómodo. Nos recuerda que, aunque los regímenes cambien, el lenguaje se refine y las leyes adopten formas contemporáneas, los viejos mecanismos del poder —la alteridad construida, la frialdad de la moqueta y la instrumentalización de los más vulnerables— siguen vigentes en el tablero. Y mientras las piezas nobles deciden sus jugadas a distancia, en el fondo del foso el barro sigue sin tener fin.
[Foto de Yuvraj Singh Parmar en Unsplash]

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Se ruega identificarse con la cuenta de correo electrónico