Fuente: El Diario Vasco
Por Alberto Moyano
02/08/2026
Una de las funciones del alcalde de Donostia ha sido históricamente estimular las mejores pulsiones de los donostiarras y sofocar las peores. Sirva como ejemplo de lo primero la red de bidegorris, que cuando comenzó sólo era una reclamación de nicho. Jon Insausti, por el contrario, dijo que gobernaría escuchando a la ciudadanía. Pero en San Sebastián «la ciudadanía» no es exactamente la ciudadanía, sino una suerte de 'Orfeón Donostiarra', en el que las mejores voces del espectro coral de la ciudad imponen la conversación social mediante la interpretación al unísono de la ópera «la ciudad está hecha un desastre, estamos peor que nunca». Y luego se retoca el libreto. Ahora, toca cantarle a la inseguridad ciudadana. No es que sea muy original: es la canción del verano de todo el año y en toda Europa, el continente más seguro del planeta.
Tras publicitar la nacionalidad de los detenidos –que no condenados– para «desactivar muchos discursos populistas» –sin éxito–, ahora ha prohibido el reparto de cenas entre personas sin hogar a partir de una panoplia de vaguedades y argumentos poco convincentes. Insausti, que podía haberse desmarcado de los vientos que soplan en el mundo, ha preferido coger la ola que hasta ahora sólo perseguía el PP y se ha puesto a cabalgarla con entusiasmo. A esa playa se ha llevado al PSE, el siamés muerto de 'Acción mutante'.
Seguro que el reparto de comida a cargo de voluntarios admite mejoras, pero la prohibición de una actividad per se noble y altruista reniega del «Donosti bat bakarra munduan» y nos devuelve en 2026 a la condición de «una ciudad como cualquier otra», una más que no quiere saber nada del hambre porque lo confunde con el apetito.

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